¿QUÉ TIENEN EN COMÚN UNA HUELGA EDUCATIVA Y LA PREPARACIÓN DE OPOSICIONES?

A priori, parecería una locura intentar comparar un movimiento de hastío laboral con la preparación de unas oposiciones, pero si lo piensas bien, tienen mucho más en común de lo que parece.

Para empezar, me gustaría aclarar que mi postura como profesora de opositores es exactamente la misma que como profe de instituto. Y, por supuesto, debo dejar al margen cualquier aspecto político que implique posicionarse de un lado u otro. Ese no es mi propósito en esta entrada, sino más bien, establecer el símil o comparación entre ambos procesos y cómo podemos sacar rendimiento de una situación tan complicada como la que se vive en ambas situaciones.

Si estás en el mundo docente sería muy raro que no tuvieras algún input sobre los diferentes movimientos de huelga que se han dado en el país a lo largo del curso, siendo ahora de notable intervención mediática, la huelga indefinida de profesores de la Comunidad Valenciana.

Las condiciones actuales de este colectivo son de las peores del país, no solo en lo que se refiere a salarios, sino también a los recortes que afectan a pilares tan básicos de la educación como el personal, la inclusión, la llengua valenciana y las infraestructuras, las cuales son en ocasiones infrahumanas e incluso peligrosas para la salud al tener que dar clase en condiciones climáticas que superan los límites de peligrosidad para la salud. Sí, es el levante español, ese lugar del mediterráneo donde todos disfrutamos de playa y paella.

¿Y cómo se están reivindicando? Pues con una huelga indefinida. Eso implica que hasta que no se llegue a un acuerdo en la mesa de negociaciones, no habrá vuelta a las aulas por parte de los docentes, y ojo, parece ser que por parte del estudiantado tampoco.

LA RESISTENCIA Y LA ESTRATEGIA

Si algo caracteriza tanto a un docente en huelga como a un opositor o una opositora en pleno proceso es que ambos viven en un estado de resistencia activa. Pero cuidado, no me refiero a una resistencia física únicamente, sino a una resistencia mental y emocional constante.

Por un lado, el profesorado que secundamos una huelga indefinida nos enfrentamos cada día a una decisión agotadora: ¿sigo las reivindicaciones, aguantando la presión social, las posibles represalias, la pérdida de salario y la incertidumbre? ¿O vuelvo al aula sabiendo que las condiciones son indignas, pero que allí también me necesitan? Esa dualidad cansa más que dar seis horas de clase seguidas, puesto que el desgaste emocional que conlleva el subidón de la unión en las manifestaciones por la mañana, se contrarresta con la obcecación de los negociantes por la tarde. Cansa, y mucho.

Por su parte, la persona opositora se levanta cada mañana con una pregunta similar: ¿sigo estudiando hoy, aunque mi cabeza esté a punto de estallar y sienta que no avanzo? ¿O me tomo un descanso, asumiendo el miedo a perder el ritmo y a quedarme atrás frente a la competencia? La culpa, el agotamiento y la incertidumbre también son sus compañeras de pupitre.

Y aquí viene lo interesante: en ambos casos, la clave no es la fuerza bruta, sino la estrategia.

La huelga no funciona por días sueltos. Funciona por sostenibilidad. Por eso, cuando ves a docentes organizando turnos de descanso, comisiones de apoyo emocional, rotación en piquetes, te das cuenta de que están aplicando sin saberlo una regla de oro del opositor inteligente: no se trata de correr más, sino de durar más.

En la preparación de oposiciones, el que aprueba no es siempre el que más horas mete, sino el que mejor gestiona sus picos de energía. El que sabe cuándo parar, cuándo pedir ayuda, cuándo cambiar de método. El que entiende que un día de descanso real no es un fracaso, sino una inversión en el siguiente sprint.

Lo mismo ocurre en una huelga indefinida. Quienes llevan semanas sin ceder no son superhéroes ni mártires. Son personas que han aprendido a dosificar, a celebrar pequeños logros, a construir comunidad y a no mirar el calendario con angustia.

Otra coincidencia fundamental: el poder del relato.

En una huelga, es vital mantener viva la narrativa. Saber por qué estás ahí. Recordar que no es un capricho, sino una necesidad colectiva. Los docentes valencianos no están en la calle por gusto: están porque las aulas superan los 40 grados, porque los niños con necesidades especiales no tienen recursos, porque la lengua propia se ningunea.

El opositor también necesita su relato. Porque a mitad de camino, cuando los temas se mezclan, los simulacros salen mal y los amigos te dicen «¿aún sigues con eso?», necesitas recordar por qué empezaste. Por el puesto fijo, sí, pero también por la vocación, por la estabilidad, por demostrarte que puedes lograrlo.

Sin ese «para qué», tanto la huelga como el estudio se convierten en tortura. Con ese «para qué», se convierten en propósito.

Así que, si estás preparando oposiciones y te sientes hundido, o si estás siguiendo una huelga y te preguntas si servirá de algo, permíteme decirte algo, ambas acciones se parecen más de lo que crees.

Ambos procesos requieren paciencia, estrategia, comunidad y un porqué sólido. Ambos son carreras de fondo en un mundo que premia los sprints. ¡Pero ambos, cuando triunfan, cambian vidas!.

El profesor que consigue mejoras dignas no volverá a dar clase igual. Y el opositor que aprueba no volverá a mirar el sacrificio con los mismos ojos.

Porque la resistencia, bien entendida, no solo te lleva a la meta. También te cambia mientras caminas.

¿Seguimos?

Nota de la autora: Si este texto te ha resonado dentro, compártelo con ese compañero opositor que necesita un respiro, o con ese docente en huelga que necesita saber que no está solo. Juntos podemos más.